Hay lugares que se visitan y otros que se viven. Infinito Delicias (C. de Juana Doña, 5) pertenece claramente a esta segunda categoría. Mi reciente visita a este singular espacio del barrio madrileño de Delicias ha coincidido, además, con la presentación de su temporada 2026-2027, la primera programación completa desde la apertura del centro en diciembre de 2025. La experiencia me ha permitido descubrir no solo un edificio premiado por su arquitectura sostenible, sino también un proyecto cultural que aspira a convertirse en un punto de encuentro permanente entre ciudadanía, creación contemporánea, gastronomía y pensamiento crítico.
Desde el primer momento resulta evidente que Infinito Delicias no responde a los modelos convencionales de centro cultural. Más que una infraestructura dedicada exclusivamente a la exhibición artística, se presenta como un laboratorio abierto donde confluyen artistas, investigadores, colectivos vecinales, entidades sociales, cocineros, agricultores, emprendedores… e instituciones públicas. La sensación es la de entrar en un ecosistema creativo donde las fronteras entre disciplinas desaparecen para dar paso a nuevas formas de colaboración.
Impulsado por la Fundación Daniel y Nina Carasso, el proyecto nace con una vocación transformadora que va mucho más allá de la programación de actividades. Su objetivo es generar espacios de convivencia y participación capaces de abordar algunos de los grandes desafíos contemporáneos, desde la sostenibilidad alimentaria y la emergencia climática hasta la cohesión social, la cultura participativa o los nuevos modelos de ciudadanía.

Presentación temporada 26-27
La presentación de la temporada 2026-2027 ha confirmado esa filosofía. La programación se articula en torno a cuatro grandes ejes que funcionan como diferentes maneras de relacionarse con el espacio: Habitar el espacio, Crear en comunidad, Cocinar y comer con propósito y Dialogar para generar pensamiento. Cuatro líneas de trabajo que reflejan la voluntad de convertir al visitante en participante activo de la vida cultural del centro.
Durante el acto, el director de Infinito Delicias, Javier Martín-Jiménez, explicó que el objetivo es que el espacio sea un lugar para participar, colaborar y formar parte activa de la vida cultural y social de la ciudad. Una declaración de intenciones que se percibe claramente al recorrer sus instalaciones.

Presentación temporada 26-27 – Javier Martín-Jiménez, director del centro
Uno de los aspectos que más me ha llamado la atención ha sido la manera en que la programación dialoga con los ritmos de la naturaleza. Lejos de la lógica habitual de una agenda cultural cerrada y acelerada, la temporada se estructura siguiendo los cambios estacionales. El otoño recuperará la tradición de la verbena como espacio de encuentro ciudadano; el invierno explorará conceptos vinculados al juego y al paso del tiempo; la primavera incorporará propuestas relacionadas con el libro de artista y el teatro de sombras; mientras que el verano volverá a centrarse en iniciativas ligadas al cuidado colectivo y la adaptación climática, como la Guardería de Plantas o el Refugio Climático.
El apartado de artes visuales tendrá un peso destacado. La temporada arranca con Huevos de basura IV, de Bene Bergado, una instalación construida a partir de residuos reutilizados que reflexiona sobre el impacto ambiental de nuestros hábitos de consumo. A lo largo del año llegarán también proyectos de Paco Graco, Valeria Maculan, Tamara Arroyo o Enrique Radigales, además de una exposición dedicada a la propia arquitectura del edificio y otra que documentará la memoria sensible de Infinito Delicias.
Las artes escénicas ocuparán igualmente un lugar central. El ciclo Las flores raras traerá a Madrid propuestas inéditas de creadoras como Rosa Romero, María Camila Sanjinés o Amalia Fernández, mientras que la programación familiar contará con compañías y artistas especializados en propuestas innovadoras para todos los públicos. A ello se sumará una interesante oferta musical centrada en la electrónica y la experimentación sonora, con nombres como Murcof, Jan Jelinek, Elori Saxl, Nara is Neus o Corey Fuller.
Especialmente sugerente me ha parecido Resonant House, la intervención sonora concebida por Suso Sáiz específicamente para el edificio. La propuesta transformará los propios espacios de Infinito Delicias en un instrumento vivo, explorando las resonancias arquitectónicas y acústicas del conjunto.
La dimensión participativa se materializa en el eje Crear en comunidad, donde se desarrollarán talleres, residencias artísticas, investigaciones colectivas y proyectos vinculados al barrio. Entre las iniciativas anunciadas figuran programas sobre comunidades energéticas, sostenibilidad urbana, arquitectura animal, huertos urbanos o nuevas formas de celebración colectiva. Todo ello acompañado por La Residencia, un programa que permitirá a artistas e investigadores desarrollar procesos de experimentación antes de presentar públicamente sus trabajos.
La gastronomía constituye otra de las señas de identidad del proyecto. Bajo el paraguas de Cocinar y comer con propósito, Infinito Delicias plantea una reflexión sobre la alimentación como fenómeno cultural, social y medioambiental. Proyectos como Caldo de Ojo, dedicado a la memoria y las migraciones; Recetas en compañía, desarrollado junto a Madrid Salud para combatir la soledad no deseada; o la Escuela de Fermentación Salvaje muestran cómo la cocina puede convertirse en una herramienta de encuentro, aprendizaje y transformación social.
Precisamente el espacio de restauración ha sido una de las sorpresas más agradables de mi visita. El restaurante y cafetería encajan perfectamente en la filosofía general del centro. El ambiente resulta acogedor, luminoso y agradable, invitando tanto a una comida tranquila como a una conversación prolongada. La calidad de la propuesta gastronómica, el cuidado por los productos y la coherencia con los valores de sostenibilidad convierten este espacio en mucho más que un servicio complementario. De hecho, constituye uno de los grandes atractivos del conjunto y una razón suficiente para acercarse a conocer el proyecto incluso al margen de su programación cultural.
El recorrido permie también descubrir el auditorio, un espacio de dimensiones contenidas pero con interesantes posibilidades escénicas. Aunque el escenario no es especialmente amplio, su configuración resulta perfectamente adecuada para espectáculos de danza, música, teatro y otras propuestas híbridas de pequeño formato. La cercanía entre intérpretes y espectadores genera una atmósfera especialmente propicia para experiencias culturales íntimas y participativas.

Una vista algo personal del edificio
Otro de los grandes protagonistas es el propio edificio. No es casual que recibiera el Premio Holcim 2023 como proyecto más sostenible de Europa. La rehabilitación de este antiguo complejo industrial, desarrollada por la Fundación Daniel y Nina Carasso junto a los estudios Husos, Elii y Ultrazul, constituye un ejemplo notable de regeneración urbana basada en criterios medioambientales. Sistemas de geotermia y energía solar, ventilación cruzada, aislamiento natural, materiales reutilizables y abundante vegetación forman parte de una estrategia global que demuestra que sostenibilidad y arquitectura contemporánea pueden caminar de la mano.
Si tuviera que señalar una única carencia, probablemente sería la ausencia de un espacio expositivo permanente de mayor entidad. Resulta sorprendente que un proyecto cultural tan ambicioso, que apuesta decididamente por la creación contemporánea, no disponga de una sala de exposiciones con un peso específico comparable al resto de sus instalaciones. La incorporación futura de un espacio expositivo más amplio reforzaría notablemente su capacidad para acoger proyectos artísticos de gran formato y consolidaría aún más su papel como referente cultural.
Sin embargo, esta observación no empaña la valoración global. Al contrario, nace precisamente de las enormes posibilidades que ofrece un proyecto que ya destaca por su coherencia, su calidad arquitectónica y su capacidad para conectar disciplinas aparentemente alejadas.
Al abandonar Infinito Delicias he tenido la sensación de haber conocido uno de esos lugares que ayudan a imaginar cómo podrían ser los espacios culturales del futuro. Un lugar donde la cultura no se limita a ser contemplada, sino que se comparte, se debate, se cocina, se experimenta y se construye colectivamente. Un proyecto que demuestra que la participación ciudadana, la sostenibilidad y la creación contemporánea no son conceptos abstractos, sino herramientas reales para generar comunidad.
Más que un edificio, Infinito Delicias es una invitación permanente a participar. Y esa quizá sea su mayor virtud.
